La doctora Brandi no necesitaba credenciales colgadas en la pared… su escote hablaba por sí solo. Especialista en controlar impulsos, aunque claramente no los suyos, recibía al nuevo paciente con una sonrisa que desarmaba más que su ansiedad. Él sufría de precocidad aguda, diagnóstico clínico con consecuencias húmedas, y nada ayudaba que la terapeuta apareciera vestida para causar taquicardias. Pero Brandi era una eminencia. Detrás de cada mirada insinuante, había una estrategia. Sesión tras sesión, los ejercicios pasaban de lo teórico a lo… físico. Respiraciones, control pélvico y exposición prolongada al estímulo. Él aprendería a durar, oh sí. Porque con Brandi, incluso el tratamiento más serio podía incluir finales felices… siempre con seguimiento personalizado. Antes trabajaba en una prisión donde fue seducida por un recluso.