Era una tarde cualquiera cuando dos señoras muy risueñas decidieron unirse en una travesura. El amigo del hijo de una de ellas vino a felicitarla por el día de la madre, sin saber lo que le esperaba. Mientras charlaba tranquilamente, las dos amigas, con una complicidad que solo las mejores amigas pueden tener, comenzaron a coquetear sin ningún pudor. El pobre joven, entre desconcertado y confundido, no sabía si debía reír o salir corriendo. Lo único claro es que la visita se convirtió en una lección inesperada de "cómo no dejarse llevar por la tentación". ¡Pobre chico, ni en sus sueños!