... El doctor sonrió demasiado: estaban de suerte, podían empezar ahora mismo. “Inseminar”, dijo, como si pidiera café. Luego aclaró que usaría sus propias herramientas, al modo clásico, porque a veces la ciencia necesita piel y pulso. Theodora se emocionó; su marido tragó saliva. La bata blanca cayó como un telón malicioso. Todo era profesional, claro, pero incómodamente íntimo. Nadie sabía dónde terminaba el protocolo y empezaba el deseo, y eso, curiosamente, funcionó.