Artemisia siempre ha defendido su independencia con una devoción casi artística. Soltera por elección, habituada a que su cama sea territorio exclusivo, disfruta la libertad de no llevar nada encima cuando descansa, como si el cuerpo necesitara conversar directamente con el silencio...
... Pero hay mañanas que la vencen: esas en las que se despierta con un impulso indomable, una mezcla de inquietud y deseo de desahogo que no negocia horarios. A veces resuelve sola, con la práctica de quien sabe escuchar su propio ritmo; otras, reconoce que una ayuda puntual es la mejor decisión. Hoy, curiosamente, hizo ambas cosas, como si el amanecer hubiera desbordado cualquier medida. Y justo cuando el pulso empezaba a estabilizarse, Preston anunció su llegada, preparado —según su estilo— para ser exactamente lo que Artemisia necesitaba… o lo que aún no estaba lista para admitir.
Dato curioso: los expertos llaman “energía residual matutina” a ese estado en el que el cuerpo despierta antes que la mente. Artemisia lo domina. Preston lo admira. Y la mañana… simplemente cede.