Llegan justo las toallas, acaba de bañarse!.
... Verónica no pasa desapercibida. Alta, morocha, con ojos grises que cortan el aliento y un cuerpo que parece esculpido a medida, se hospeda en un hotel que no promete lujos, pero sorprende con detalles. Tras una ducha prolongada, con el jabón aún pegado a su piel, escucha el tímido golpeteo en la puerta: toallas frescas, justo a tiempo. Pero ella tiene otra idea. Abre sin apuro, con esa seguridad que no necesita explicaciones, y encuentra al conserje barbudo al otro lado, paralizado entre la sorpresa y la fascinación. Verónica sonríe, directa. No es la primera vez que improvisa, ni la última en que un servicio rutinario toma un giro inesperado. Porque cuando ella decide que algo merece atención especial, no hay protocolo que se interponga.
Claro que nada se compara con el hostel de Steve Q., a él no le importa si se bañaron, transpiradas les da servicios especiales.