Será un encuentro de esos que quedarán en el manual, por atrás, sin protección.
...El enchufe chisporrotea justo al lado del sofá, y Neyla se lo toma como excusa. Llama al electricista: joven, prolijo, atractivo como un comercial de fragancias. Él llega puntual, se arrodilla frente al tomacorriente con la concentración de un cirujano. Ella lo observa, primero desde el marco de la puerta. Luego, se sienta en el piso, a poco más de un metro. Tiene un plátano en la mano, frío del refrigerador. Lo pela con lentitud innecesaria, lo lleva a los labios, y lo muerde sin urgencia. La minifalda blanca no le da tregua. Tampoco a él, que intenta seguir atornillando pero sus ojos lo traicionan. Ella no se acomoda. No es olvido, es estrategia. El enchufe queda listo. El ambiente no. Él se levanta. Ella sonríe. El plátano, una mordida, lo mismo que ella pedirá.
Debe ser algo habitual en ciertos países, pues mira a esta otra clienta que se le aparece sin corpiño al otro electricista.