Angelica adora hacer yoga, pero con un toque muy personal: sin ropa. En la sala de su casa, su piel está marcada por el bikini del verano, de piernas cruzadas con una gracia que roza lo provocativo. Nikki, llega, la observa y no puede evitar resoplar. “¿No deberías ponerte algo?”, dice, entre molesto y curioso. Angelica, con una sonrisa juguetona, la mira y le responde: “Ven, siéntate a mi lado. ¿Qué tal un poco de relax?” Nikki, dudoso, acepta la invitación y se acomoda junto a ella. Pero justo cuando la calma parecía instalarse, una mano, que no tenía nada de zen, cambia el rumbo de la sesión por completo. Por supuesto que se elevó, pero ni parecido a lo que le contaron que se conseguía con el yoga.
La verdad es que no se nada de estas cosas, relajación, auras, y que se yo, pero empieza a darme curiosidad, mas si me toca una profesora de yoga como esta.