Kitten cruza las piernas con la precisión de quien sabe que todos están mirando. Su falda parece tejida por el mismo diablo y su sonrisa podría derretir acero. La entrevista comienza con formalidad: voz pausada, postura erguida. Pero sus ojos… sus ojos ya están en otro lugar. Habla de su “primera vez” como quien confiesa haber robado una galleta. En un auto, con un novio que olía a gasolina barata. Se perdió la clase de ballet y ganó una mancha eterna en el asiento trasero.
Cuando Johnny entra, todo se tensa. Kitten parpadea lento, pero sus mejillas no mienten. Intenta mantener la compostura, pero él huele a aceite de motor y pecado. Antes de que terminen las preguntas, ya no hay entrevista. Solo fricción sabiendo lo que ha confesado, le gusta tanto por atrás que se envició.
Claro que ya en estas épocas, las jóvenes no andan con rodeos, hasta le gustan los juegos de roles, como esta que se disfraza de mucama.