Sovereign vive en un vecindario de lujo, rodeada de patanes millonarios, pero nadie como su nuevo vecino: Ricky. Abogado, arrogante, y ahora dueño de la casa más grande del barrio. Un día, al ver que su coche estaba estacionado en su propio garage, salió a pedirle que lo moviera, olvidando por completo que solo llevaba puesta su bata violeta, la que usa para dormir.
Ricky, al verla, no tardó en lanzar piropos descarados, como si su presencia fuera una invitación. Cuando el marido de Sovereign apareció, Ricky ni siquiera se inmutó, descalificando al hombre con una sonrisa cruel y palabras dignas de un abogado sin escrúpulos.
El momento, tan despreciable como inesperado, se quedó grabado en la mente de Sovereign. Aquellas palabras no dejaban de resonar en su cabeza. Y con la misma bata violeta, la siguiente mañana, decidió ir a la casa de Ricky. Esta vez, sería ella quien tomara la iniciativa.