Era un día como cualquier otro, pero Alex no lo sabía. El repartidor se detuvo frente a la puerta, sin imaginar que el paquete que traía no era lo único que iba a entregar. Jennifer hace su entrada triunfal, mientras su marido, fingiendo ser ciego, paga al cadete. Un conjunto deportivo rosa de calzas cortas y un top que solo cumplía la función de sostener lo que afuera tambaleaba.
El gesto era claro: “No puedes irte sin probar esta propina”. Alex, sorprendido pero cautivado, se dejó llevar por lo que parece ser una arriesgada jugada, pero consentida. En tanto, con la ñata pegada en el vidrio, quien será el otro protagonista. Un masajista al que el marido le abre la puerta como ignorando lo que está sucediendo. En poco se convierte en una entrega doble del paquetes y masajes...