La fiesta en el jardín era un desfile de sonrisas falsas y tragos caros. El marido de Sophie, anfitrión orgulloso, reinaba entre brindis y anécdotas recicladas. Sophie, en cambio, decidió desaparecer justo después del tercer brindis. Solo tenía que conseguir que Oliver siga sus pasos.
Cuando el jvoen entró al salón, la escena ya no era la misma. El vestido de esposa ejemplar se había esfumado, reemplazado por un bikini amarillo que no dejaba espacio a la imaginación y un pareo que apenas fingía decencia. Estaba en el sillón otra vez, pero esta vez no lo esperaba. Lo desafiaba.
Oliver cerró la puerta sin mirar atrás. Afuera, la música seguía, el gran ventanal por detrás nada oculta. Adentro, el verdadero espectáculo apenas comenzaba. La alta sociedad tiene sus protocolos. Sophie, claramente, no los sigue.
A veces piensan que son dueñas de todo, como la adinerada exaltada que saltó sobre el mecánico.