Seth nunca imaginó que su vida amorosa terminaría en una escena digna de un drama con presupuesto de telenovela y guion escrito por el diablo en persona. Blake, su amante de conciencia selectiva, exigió sinceridad: “Díselo a tu esposa”. Y ahí estaban, frente a McKenzie. Blake, en blanco provocador; McKenzie, en negro ajustado como su humor. Ambas escotadas, ambas peligrosas.
La confesión cayó como una bomba con glitter. McKenzie se levantó del sillón, fue al baño y se escuchó un grito que hizo temblar los cuadros. Silencio. Luego, el regreso. Lo inesperado.
“Siempre quise ver qué hacían cuando no estaba”, dijo Blake con una sonrisa venenosa.
Lo increíble fue la respuesta: McKenzie aceptó. No sólo lo aceptó, se entusiasmó. Y así, el triángulo se cerró con un pacto implícito. Ahora, eran tres… y sin reproches. Claro que no siempre las amantes son tan educadas, existen esas invasoras que son pilladas con maridos ajenos.