Sarah no tenía tiempo para tonterías. Turnos dobles en el hospital, facturas que no se pagan solas y una casa que parecía haber sido víctima de un tornado financiero. Necesitaba ayuda, pero no cualquier ayuda: necesitaba motivación. Así nació el “sistema de recompensas”, un programa casero y deliciosamente sugerente. Austin, su nuevo asistente, no preguntó demasiado… sólo sonrió con una ceja levantada.
Esa tarde, Sarah volvió del hospital agotada y algo impaciente. Pero al abrir la puerta, encontró todo impecable: platos brillantes, hasta las plantas lucían agradecidas. Sin perder tiempo, fue directo a su habitación, donde Austin ya esperaba, curioso de su premio. Sarah, fiel a su palabra, lo recompensó como sólo una doctora extenuada pero generosa sabría hacerlo. Desde entonces, jamás faltó el brillo… ni la motivación ... ni los encuentros.
No sabemos si se ha inspirado en el sistema de Lilly James que consiguió algo muy similar.