Paige caminaba sin rumbo, disfrutando de la libertad absurda que da el estar perdida. ¿Mochila? No. ¿Agua? ¿Para qué? Con ese top a rayas y la minifalda blanca, nadie en su sano juicio se habría aventurado por la montaña. Afortunadamente, el sol la cuidaba como a una estrella en su última función.
De repente, un camino solitario aparece, y ahí, como un fantasma que no sabe que está muerto, aparece Robby. Señales de la joven lo alertan, no duda, se detiene y acepta sacarla de ese lugar en la nada. Pero algo más se cuece. Cuando el coche arranca, ella le pide que se detenga. No para seguir caminando, sino para ofrecer algo más que su agradecimiento. Un gesto que le roba el aliento. Y ahí, entre la quietud del paisaje, el aire se volvió más denso.
Suele pasar en esos lugares que confiadas se pierden, como Ella Reese que se topó con algo grande.