Marina Gold se siente reina de la casa cuando sus padres están de viaje. Sabía que la familia tenía reglas estrictas, pero a ella poco le importaba. La joven peruana no era de las que temía las consecuencias. Con el cabello teñido de rojo fuego y un cuerpo que no necesitaba pedir permiso para ser observado, Marina se pasea por la cocina en bata de seda blanca. El roce de la tela sobre su piel es casi tan suave como la idea de hacer lo que le plazca.
Había un sabor dulce en la transgresión, en tener el control. Mientras hablaba por teléfono con su padre, su mirada se desvió hacia la puerta. Dante apareció. Él también lo sabía: no podía haber lugar para escándalos, pero los secretos se tejían entre las sombras. Ninguno de los dos lo decía, pero la tensión estaba allí, como si la casa misma estuviera esperando el siguiente movimiento.
Marina, más que todo, tenía una obsesión, distinta a algunas chicas de su edad. Aunque hay un caso, el de Carter Cruise, que le costaba frenar impulsos.