Las ventas estaban flojas, la motivación en coma, y la encargada del sector lo sabía. Recursos había de sobra: talento, productos... y Lena. Con camisa a medio abotonar y una falda que parecía más promesa que prenda, decidió que era hora de incentivar de forma creativa. Reunió a dos compañeros y lanzó la propuesta con una sonrisa cargada de segundas intenciones: “El que más venda hoy… se lleva el gran premio”.
La competencia fue feroz. Correos, llamadas, sudor y alguna que otra trampa bajo el escritorio. Pero al final, Mike se impuso. Exhausto, triunfante y curioso. No preguntó qué era el premio, pero su sonrisa lo decía todo. Lena tampoco explicó. Cerró la puerta de la oficina, caminó hacia él con calma... y se lo entregó ahí mismo, sin moños, sin diplomas. Solo piel, deseo y productividad desatada.
Este vídeo fue anormal, pero ver a madre e hija unidas para dar un estímulo tal vez sea mucho.