Seth intenta cerrar su última novela, pero las musas hoy tienen curvas. Y escote. Su asistente, puntual y “profesional”, parece ignorar el caos que provoca con cada paso por la oficina. El escote, generoso y francamente insubordinado, no colabora con el enfoque literario. Él finge concentración, teclea frases sin sentido y bebe café como si eso fuera a salvarlo del naufragio hormonal. Cuando ella regresa, la cosa empeora. Falda corta, medias ajustadas, y esa forma de inclinarse que haría temblar a un monje. Seth intenta resistir, pero su instinto lo traiciona. Suelta un comentario, uno de esos que cruzan la línea, torpe pero honesto. Ella se ríe, como si lo estuviera esperando. La novela puede esperar. A veces, la verdadera inspiración viene con escote, falda corta… y cero intención de ayudar con el final. Claro que a las musas las puedes encontrar hasta en el granero.