Daisy tenía el talento de una actriz sin casting: mirada inocente, pero guión cuidadosamente perverso. Aquella tarde eligió un body blanco y la luz exacta que entraba por la ventana. El novio de su madre, Bruno, estaba por llegar. Casualidad, claro.
Simuló problemas con el celular y pidió ayuda para sacarse unas fotos. Él, obediente y cordial, aceptó con una sonrisa de manual. Pero el protocolo se desmoronó cuando Daisy, entre poses y sonrisas, “accidentalmente” mostró más de lo debido.
Bruno tragó saliva. Recordó reglas, moral y cenas familiares. Daisy solo sonrió. Sabía que la resistencia era un trámite. Y que él, en breve, dejaría de seguir instrucciones para empezar a perder el juicio.
No está de mas saber y ser precavidas, en la vida, existen hijas sin límites que se regalan a los maduros de sus madres.