En la farmacia del barrio, Sharon no vendía remedios: ofrecía experiencias. El delantal blanco cubría lo justo, pero no ocultaba ni su sentido del humor ni las medias parisinas que llevaba "por si acaso".
Cuando un cliente pidió preservativos XL, no parpadeó. Lo miró como quien evalúa una inversión riesgosa y, con media sonrisa, soltó que el producto necesitaba una prueba de calidad. Porque claro, no quería que alguien se fuera con un tamaño que no encajara... ni física ni emocionalmente.
El hombre, entre confundido y fascinado, se quedó "duro" mientras ella sacaba el paquete con la misma seriedad con la que se entrega un antibiótico. Atención al cliente, le llamaban. Aunque con Sharon, todo parecía un ensayo clínico… con riesgos placenteramente calculados.
Tal vez sea una estrategia de marketing, miren lo que hace la otra farmacia, a unas cuadras de distancia.