Ella tenía la casa… y ellos, las hormonas. Dos chicos, torpes en sutilezas pero expertos en miradas que se alargan más de la cuenta. Ella notaba todo: los silencios incómodos, las discusiones absurdas, cuando sabían que bajaría a la cocina. Y le fascinaba. Lo que empezó como una convivencia práctica, se transformó en una guerra silenciosa por su atención. ¿Elegir a uno? ¿Y por qué habría de hacerlo? Ser justa, a veces, es ser equitativa... en todos los sentidos. Al final, hay placeres que no se reparten: se comparten. Y su casa, antes fría y rutinaria, ahora no tenía ni un rincón sin tensión. Cosa que ya ha sucedido antes en este sitio con los dos hijos del novio, pero mas zarpada.