A.J. buscaba casa, pero terminó encontrando un secreto. El vendedor, con su peinado perfecto y sonrisa de “yo nunca veo porno”, metió la pata al mostrarle más de lo debido en la tablet. Una galería privada, muy privada. ¿Vergüenza? Un poco. ¿Morbo? Mucho. A.J. no perdió el ritmo: cruzó las piernas, ajustó el vestido, y convirtió la sala de estar en territorio de caza. Él intentaba recuperar la compostura, pero sus mejillas no mentían. Ni su respiración. Ni su tablet. Porque a veces, la venta más inesperada ocurre cuando se muestra... demasiado. Bienvenidos al negocio inmobiliario donde el verdadero valor está en la tensión.