Después de años siendo ignorada por su pareja, ella decidió que ya no más. Los guantes de cocina se cambiaron por lencería discreta y vestidos con escote estratégico. Su cuerpo, que tantos otoños cargaba, estaba floreciendo otra vez... para alguien que sí lo mirara. Ike, el hijo de su novio, con mirada tímida y manos firmes, fue el primero en notar el cambio. Lo demás… fue creciendo como las enredadas situaciones de una primavera ardiente. Porque algunas flores, cuando se abren, no piden permiso. Claro que también le sucede a las jóvenes, pero esta pareja evitó el engaño.