La vendedora de casas, una mujer madura y elegante, caminaba con su falda negra ajustada y la camisa blanca cuyo escote no podía ser más provocador. Los botones, a punto de ceder bajo el mínimo roce, dejaban entrever más de lo que debía, y cada paso suyo resonaba con la promesa de un trato que iba más allá de lo profesional. El joven comprador, de apariencia tímida, parecía no saber en qué terreno pisaba, aunque sus ojos no mentían.
Ella avanzaba delante de él, subiendo la escalera con movimientos estudiados, como si cada peldaño fuera un pequeño triunfo. Sabía lo que quería, y el nerviosismo de él solo aumentaba la tensión en el aire. Al llegar arriba, se detuvo, giró lentamente y le lanzó una mirada cargada de intenciones. La venta estaba cerrada, y él no sabía si lo había conseguido por el precio de la casa o por algo mucho más... personal.