Cory creyó que el pasado podía guardarse entre evaluaciones corregidas y escotes bien medidos. Pero Rico la esperaba en su casa con una certeza afilada: lo había visto todo desde la ventana. No necesitó explicaciones. Solo la miró como si ella fuera una ecuación mal resuelta. No hubo espacio para negaciones. Así que usó el único recurso que aún podía funcionar: besos cargados de distracción. Labios como argumento, manos como cortinas para la verdad. Funcionaba... hasta que sonó el timbre.
Cory no se movió. Rico sí. Abrió la puerta y ahí estaba Tony, como una pregunta reincidente, reacción de disputa. Todo temblaba, ella al borde del colapso. Una frase, un gesto, una decisión improbable: la cama, antes testigo, ahora se convertiría en escenario de un doble secreto que quedará sepultado entre sábanas.
Tandrá que quedar entre ellos, como lo que comenzó esto, donde los secretos hot de una maestra comenzaron a conocerse.