Billie llegó puntual, como quien no deja nada al azar. El vestido se le aferraba al cuerpo como un amante necesitado, y el perfume invadía cada rincón como una advertencia. La casa estaba vacía, o eso pensó, hasta que Johnny, el hijo de su amiga, apareció con esa ajustada remera que resaltaba músculos como una vitrina. Ella se acomodó en el sillón con elegancia fingida, pero las piernas cruzadas no ocultaban nada. Él la miró con respeto, mas allá de esos pechos queriendo escapar, pero ella, cargada de electricidad, como una tormenta a punto de estallar. La espera empezó a hacerse entretenida cuando la rubia bajó un poco el escote, tal vez mucho, o quien dice, exageradamente.
Hemos vivido algunos momentos de maduras así de sueltas, como aquella que le agradeció un arreglo al hijo de la amiga con un polvo.