Andie sintió el vacío existencial apenas el ícono de WiFi desapareció de su pantalla. La conexión caída no era un problema técnico, era un ataque directo a su alma. Rubia, de labios que podían negociar tratados de paz y curvas diseñadas para el pecado, no tardó en ir directo al responsable: Mike, su arrendador con alma de dictador digital.
Él había cambiado la contraseña por “consumo excesivo”, como si eso justificara semejante crueldad. Andie ofreció pagar el mes siguiente, incluso prometió reducir sus maratones de series. Pero Mike, firme como un firewall humano, no cedía.
Entonces llegó la sugerencia. No dinero. No promesas. Algo... más inmediato. Andie lo pensó medio segundo. ¿Qué no harías por tener WiFi? Exacto. Lo necesario. Y un poco más.