La sala de detención era casi un ritual para Skylar. Cuatro paredes, una pizarra inútil y Kyle, el profesor asignado a domar rebeldes con paciencia... o intentarlo. Ella entró como siempre: minifalda descaradamente corta, top que desafiaba el código de vestimenta y una actitud que gritaba “haz algo al respecto”.
“Provocadora”, fue la sentencia que la envió a ese lugar. Como si fuera algo que pudiera controlar. Ya sentada frente a Kyle, cruzando las piernas como si estuviera en una sesión de casting, no en castigo. Él hojeaba papeles, fingiendo concentración. Pero Skylar no hacía fácil ignorarla. Pequeños gestos, miradas, movimientos innecesarios y ese vibrador. Kyle sabía que debía poner orden. Y ella, en el fondo, lo deseaba. No era castigo, era una ayuda para volver a encarrilarse.
Algo que no afecta solo a maestros, también son las maestras quienes deben encargarse de alumnos rebeldes.