El detective Damage no esperaba encontrar más que pistas frías, pero el barrio tenía algo diferente en el aire, algo que olía a misterio... y a seducción. Charlie, la rubia con la mirada que perfora el alma, estaba en el centro de todo. Vistiendo un vestido rojo que desbordaba tentación, se presentó con una calma inquietante mientras hablaba del desaparecido. ¿Preocupada? No. Seductora, sí. Cada palabra parecía un juego.
El detective la observó, resistiendo el ataque de sus ojos, el gesto provocador. Pero no era un principiante. “Siento que he visto esto antes”, pensó, recordando a Sharon Stone y sus piernas cruzadas. Pero Charlie no se rindió. Le dejó una tarjeta, y cuando Damage la miró, un pensamiento cruzó su mente: “Tal vez un llamado... solo una llamada.”
No sabía que esa llamada lo llevaría directo a un enredo de sábanas blancas, donde su lógica y control desaparecerían por completo. Será luego trabajo del jefe policial, como sucedió con la detective insubordinada, una colombiana difícil de controlar.