Rion está convencido de que es invisible. Las chicas no le hablan, el espejo lo evita, y la universidad... bueno, digamos que su cama ha sido más fiel. Derrotado, vive en modo pijama eterno, como si la adolescencia fuera una maldición incurable. Emily, que ya no soporta ver otro desayuno dejado intacto, decide que es hora de una intervención. Se quita el vestido de ama de casa, ese que parece diseñado para espantar la libido, “hoy no hay galletas, hay lecciones”. Entra a su cuarto como quien entra en batalla: encaje, confianza y cero paciencia. Lo encuentra enroscado en sus sábanas, oliendo a resignación. Lo despierta sin sutileza, y con una sonrisa sarcástica le deja claro que las chicas no siempre son tan inocentes como parecen… solo se aburren fácil. Y cuando eso sucede en un matrimonio, esposas aburridas empiezan a mirar la piscina.