Emma andaba con el agua al cuello. El depósito de garantía era su única tabla de salvación, pero el casero no era precisamente generoso. Exigía la casa impecable, como si jamás hubiera sido habitada. Así que ella se puso a limpiar.
Vestía un short mínimo, de esos que apenas luchan por mantenerse en su sitio, y una camiseta ligera que parecía rendirse ante cada movimiento, si se preguntan por el sujetador, no estaba. Frotó, barrió, se agachó, se estiró... cada rincón brillaba, pero lo que realmente relucía era la piel expuesta, el cuerpo que hablaba más fuerte que cualquier súplica.
A pesar del esfuerzo, el casero se mantuvo firme, impasible, como si la limpieza no fuera suficiente. Fue entonces cuando Emma cambió de estrategia. El cansancio dejó paso a una sonrisa casi peligrosa. Ya no se trataba de convencer con productos de limpieza. Ahora usaba otras armas. El plan B no incluía trapos... solo deseo. Y eso, sabía manejarlo mejor que una escoba.
No tratemos de rara a esta chica, pues ya conocemos algunas inquilinas que cancelan el alquiler en especias.