Rion y Holly vivían en la misma casa, pero parecía que vivían en mundos paralelos. Cada día era una batalla: ella, morocha de ojos claros, armada con su control remoto como si fuera un arma mortal. Él, un tipo testarudo que no podía concebir un minuto sin su maldita PlayStation. La guerra era constante. Cada vez que él se acercaba al sofá, ella lo miraba con cara de "no lo intentes". Pero, hoy... hoy algo cambiaba. La discusión empezó como siempre: "¡Eso es mío!", "¡No te lo voy a dar!", pero de repente, cuando él la empujó suavemente para tomar el control, la química entre ellos estalló. Nada de odio, nada de rencor... solo una atracción feroz, cargada de tensión, deseo y un poco de rebeldía. El mando de la televisión ya no importaba. Los dos sabían que, cuando la pelea terminó, la guerra no lo había hecho. Solo había comenzado otra. Y esta vez, ni uno ni otro quería ceder. Que lindo que dejen de pelear, la reconciliación siempre es la mejor experiencia.