Tenía el entusiasmo de un cachorro… y la resistencia de una palomita de microondas. Tya se comprometió a ayudarlo desde el primer segundo. No era mal chico, solo necesitaba entrenamiento intensivo. Por empatía o aburrimiento decidió hacerse cargo del caso. Repetidas sesiones de “práctica” comenzaron a calendarizarse con la seriedad de un programa olímpico. Ella, firme como instructora militar con tacones de aguja; él, un voluntario tembloroso pero muy motivado. Entre jadeos, correcciones y cronómetros imaginarios, Ella descubrió que enseñarle a aguantar podía ser más divertido que fingir interés. Y si fallaba otra vez, bueno… repetir nunca fue un problema. Tiempo atrás vimos a otro inexperto aprendiendo, aunque al principio no pidió ayuda.