Davina no estaba enferma, pero sí algo alterada. ¿La razón? Jason, el deportista que protagonizó más de una de sus fantasías nocturnas. La casualidad la llevó a su casa, y aunque era una visita profesional, lo de “profesional” quedó en duda desde que eligió el vestido gris con transparencias en vez del uniforme de enfermera. Él tenía una rodilla lesionada, pero la mirada intacta. Observaba cada gesto, cada roce, cada respiración entrecortada como si supiera exactamente lo que pasaba en su cabeza. ¿Vendaje? Sí. ¿Tensión? Más aún. Davina intentaba no delatarse, pero Jason parecía adivinarlo todo. Algunas consultas no requieren receta, solo voluntad… y un vestido estratégicamente elegido.