Alina, con su piel de ébano y esa figura que no pedía permiso para cautivar, era la clase de chica que podía conseguir a cualquier chico solo con aparecerse en la puerta. Pero había uno que se le escapaba: Scotty. En su encuentro anterior, él la repelió con una frialdad que solo logró incrementar la obsesión de Alina. Y no era para menos, él tenía algo que la desarmaba, algo que ni sus 1.70 de estampa ni su cabello crespo, tan imponente como un halo, podían explicar.
Encontró la forma de meterse en la casa de la anterior pareja de su madre para esperarlo en el sillón. Hoy, cuando Scotty regresó del trabajo, la vio esperándolo, con ese aire desafiante que solo ella sabía portar. Con total desparpajo, rompió el muro que él había levantado, sin pedir permiso ni disculpas. Como aquella joven que sintió la extrema necesidad de agradecer que la ayudaran.