Abi siempre se ha sentido más cómoda en la ropa de Peter. Y no es que fuera una simple cuestión de comodidad, sino de poder. Esa camisa, la bordada con hilos dorados, era la favorita de él. La llamaba “su camisa de la suerte” y nunca faltaba a una reunión importante sin ella. Hoy, sin embargo, esa suerte se había escapado de sus manos. Desesperado, rebuscaba por toda la casa, mientras Abi lo observaba desde la puerta, sabiendo perfectamente que la camisa estaba en su cuerpo.
No tiene problemas en devolver lo que no es suyo, pero porque no sacar provecho. Desabrochando cada uno de los botones, con el sigilo de un ratón atacando el queso, desplegó el telón. Allí está, con el bronceado a la vista, exponiendo un reclamo marital. Se la devolverá, pero antes tendrá que quitarse también los pantalones de la suerte.
Claro que en los años de este sitio hemos visto de todo, como la jefa sorpresiva que siempre espera lo mejor de sus empleados.