Harlow estaba lista. Piel pidiendo algo de sol y un bikini azul metalizado que parecía diseñado para provocar desastres. El plan era simple: sol, amigas y miradas ajenas. Pero Johnny, al verla, sintió cómo los celos le estallaban por dentro.
Ese bikini no pedía atención, la exigía. Y eso, para él, era inaceptable. El cuerpo de Harlow no era territorio público, y ella lo sabía. La tensión creció sin palabras. Él la miraba, ella sonreía. Desafiante. Provocadora.
Halagada por esa preocupación supo que debía mostrarle que solo él podría tocarla, no sin antes hacerlo sufrir. Entre caricias que no pedían permiso y una demostración sin delicadezas, le recordó que no necesitaba cadenas para reclamar lo suyo.
Al final, Harlow se fue a la playa. Tarde, despeinada, y con marcas que no dejaban lugar a dudas: ese cuerpo tenía dueño. Y el bikini... bueno, apenas sobrevivió al encuentro. Aunque sabemos que muchos prefieren a las chicas con traje de baño enterizo.